Durante décadas, tal vez siglos o milenios, el lado oscuro de la luna ha intrigado al ojo humano. El hecho de que el satélite natural de la Tierra nos muestre siempre el mismo rostro, ocultando la mitad inversa, aunado a su naturaleza mitológica y arquetípicamente femenina, pareciera ser parte de un lúdico coqueteo entre el ‘observador’ y ‘lo observado’.
Tras dos años de monitoreo lunar desde el Observatorio Mauna Loa, en Hawaii, los investigadores finalmente han concluido que el lado oscuro de la Luna es, en realidad, color turquesa. Desde el espacio exterior, nuestro planeta es dominantemente azul, pero cuando reflejamos esta luz azul sobre la luna, entonces la onda que regresa a nosotros es turquesa. “La luz solar que golpea la Tierra, es coloreada por la Tierra, reflejada hacia la luna, golpea la luna y luego regresa a nosotros” explica Peter Thejll, del Instituto Meteorológico de Dinamarca, organismo que inauguró el estudio para determinar la misteriosa frecuencia cromática, en declaraciones recogidas por The Guardian.

Las implicaciones de este descubrimiento aún son inciertas. Seguramente esta pieza de información enriquecería investigaciones diversas, dentro de ese permanente ensamblaje de data al cual la ciencia se adhiere para ir, lentamente, descifrando la naturaleza de nuestro universo. Sin embargo, y más allá de haber ‘arruinado’ las discusiones psicoactivas que cientos de grupos humanos podrían haber seguido teniendo alrededor del legendario álbum de Pink Floyd, Dark Side of the Moon, pensaríamos que la ciencia ha robado un fragmento de vida al arte y la poesía. Pero para afirmar lo anterior tendríamos que esperar a confirmar los efectos en la psique colectiva de esta nueva característica de la luna, quizá el ‘conocer’ el color impreso en ese lado misterioso de este cuerpo bien podría detonar nuevos discursos estéticos. Tal vez. En todo caso debo confesar que muchos estamos listos para sumergirnos en ese nuevo jardín de posibilidades: el turquesa lunar.
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